sara ordenó los vestidos
como los dedos después del amor
imaginó que una mano jamás caería
en las señas del sufrimiento
o la ilusión de alguien que se sostiene
sin ser ella la otra mano
pensó un jugo de quietud
bebió pequeñas decenas de hombres nuevos
que por reír
venderían sus pelos sin carne
o molerían los huesos de los más viejos como alimento
sara alteró el orden de sus nombres para
hacer el amor de los otros sin tener que recordarlos
y estarles debiendo una mirada de alivio
calculó un recinto donde cubrir
su espalda y el dolor de los testigos
susurró alguno de los posibles pero
no pudo prometerse
luego
entre dos láminas de acero
dejé de nombrarla sin saberlo